Músicos cubanos VI
Cuando en la paz de las funerarias de Santiago de Cuba imperaban los gritos de «¡qué no se lo lleven!» por parte de las viudas afligidas, a Rósula Colombat, mi vecina, no le quedaba otro remedio que ir a tomar café con leche y comerse un pan con algo, colándose en los velorios de los desconocidos.
No iba sola. Un grupo de jóvenes la acompañaba, todos tan hambrientos como ella. Entre ellos Ñico Saquito, que, además de la comida gratis, no se perdía anécdota ni chiste. El evento social y alimenticio era colofón para narrar historias picantes y reír con disimulo. Con el tiempo y su guitarra Ñico las convirtió en guarachas.
Años después, cuando Saquito era ya popular, se «ajuntó» con una hembra bella pero mandona. María Cristina quería gobernar al gran guarachero. Un día el hombre fue por cigarros. «Espérame que vuelvo» y se…
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Publicado el febrero 21, 2014 en Artículos Invitados y etiquetado en Antropologia, MÚSICA. Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.
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