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ROSAS (MICRORRELATO)
ROSAS (MICRORRELATO)
Se sentó en una mesa apartada de un restaurante cualquiera, en pleno centro de la ciudad.
Estaba completamente sola: cosas de los desfases horarios que tienen a veces las grandes historias, siempre a medio camino, de lo inesperado a lo irreal.
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PREGUNTA EN EL ASCENSOR (III):
LE MATÓ CON UNA TARJETA DE CRÉDITO
Sufrió un brote de inconformismo ó una aparición feminista
Me gustan los ascensores que viven en edificios con mucha clientela intensa. El otro día acudí a una cita con un viejo amigo, letrado jubilado y gran jugador de ajedrez. Debo señalar que tiene muy alto el colesterol, si bien todo parece indicar que no hay relación científica entre una cosa y la otra, pero me gusta informar. Hablo de un edificio carismático, lleno de departamentos con mucha historia y garitos casuales donde se resuelven los casos policiacos más mediáticos de la actualidad, como por ejemplo, el de la Tarjeta de Crédito. Llegué media hora antes a nuestra cita para así tener tiempo de acomodarme en el fondo del ascensor para subir y bajar sin parar mientras los viajeros entraban y salían. Pasé muy buen rato en semejante festín de miradas cómplices, palabras en clave y conversaciones inacabadas. En una de las cargas del ascensor apareció el abogado que llevaba el asunto de la Tarjeta de Crédito y, mirándonos friamente a todos nos dijo: «Sí, la mujer usó como arma letal una tarjeta de crédito para acabar con la vida de su marido». Todo el personal del ascensor quedó estupefacto. Muchos habían aventurado que un sicario, algún tarado por la genética macroeconómica, habia perpetrado el crimen, pero ahora todo estaba claro.
Parece ser que la señora, sumisa radical y ferviente creyente del dios «marido» llevaba soportando de por vida sus zarandeos éticos y humillaciones físicas, pero sufrió un brote de inconformismo ó una aparición feminista y, harta ya de la violencia de su esposo (cretino voraz y redomado anti diluviano) decidió darle muerte a base de despilfarrar todos sus fondos con su tarjeta de crédito. Cuando llegó el Samur a su entidad bancaria de urgencias solo pudieron describir su fallecimiento.
PREGUNTA EN EL ASCENSOR (II):
SE NECESITA PRÍNCIPE AZUL POR HORAS
Asociación Cultural de Damas ofrece trabajo por horas a Príncipe Azul
Abstenerse advenedizos y Agencias de Contactos
Los viajes en ascensor son cada día más largos. Su automatismo ha convertido cada planta en un verdadero apeadero, si bien ello tiene la ventaja de mantener conversaciones más intensas y, desde luego, escuchar comentarios e historias más sugerentes. Por ejemplo, una señora de mediana edad, bella, aparentemente dispuesta y muy resuelta le preguntó a una amiga que llevaba consigo: ¿Has contratado ya algún príncipe por horas?. La amiga asintió ruborizada. A partir de ese momento sus cuchicheos reclamaron la atención de todos los pasajeros del ascensor.
Se conoce que ambas damas pertenecen a una Asociación Cultural de mujeres aburridas de los malabarismos cotidianos. Dicha Asociación se ha especializado en la contratación de príncipes de compañía para los más diversos talleres de entretenimiento. Igual te recogen a los niños del colegio que te ponen un par de lavadoras o…por un suplemento de nada te desentaponan las cañerías más íntimas de la casa con mucho esmero y pedigrí. Este servicio glamoroso y de alto copete está haciendo furor en las urbanizaciones de lujo, zonas residenciales por excelencia y nuevas ricas accidentales.
Claro, antes las niñas soñaban con un príncipe azul que les despertara a la vida y les protegiera de los ogros domésticos, pero en la actualidad sueñan más con médicos y arquitectos. Además, pocos acaban reinando, aunque sea en su geografía íntima. Tan solo les queda algo de imagen y… la vida está para pocos cuentos. Así que nada, se visten de faena (leotardos, faldilla, capa y sombrerito cursi con pluma) y a servir a plebeyas desatadas por el lujo de poder contratar a horas a un príncipe azul y luego contarlo excitadas a sus amigas.
PREGUNTA EN EL ASCENSOR (I):
PREGUNTA EN EL ASCENSOR:
MICRORRELATOS VISCERALES
¿Hago bien en asegurarme un taxi cada mañana? Mi exorcista de cabecera sonríe y se sirve otro ron añejo. Ese hombre sabe mucho más de lo que parece. Cada día llamo a una asociación de taxis de confianza para reservar un vehículo que venga a recogerme justo a las siete y media de la mañana. Mi astrólogo me ha confirmado que el fin del mundo anda ya a la vuelta de la esquina y todas las precauciones que tome son pocas. Su profecía no tiene nada que ver con su enfermedad terminal. Tengo ciertos problemas de movilidad y presiento que cuando se abran las puertas del cielo y del infierno tendremos confusión general, carreras arriba y abajo, sabotajes callejeros, aberraciones en el «gps», atropellos, mercadillos de ofertas de bulas por fin de temporada y otros desbarajustes típicos por el cierre y liquidación del negocio vital. Yo tengo que fichar en mi oficina de patentes y marcas a las ocho en punto, siempre lo he hecho así y el día del fin del mundo no pretendo que sea de otra manera. Mi caracter y mi lealtad me impiden trasgredir mis obligaciones personales y profesionales. Por eso, todos los días, tengo contratado un taxi, para que venga a recogerme a casa. Y en el señalado día de la bancarota de la vida, una vez haya pasado por mi oficina de patentes y marcas, seguir viaje hasta las puerta dimensional que me corresponda. Si no me engaño tiene que ser rematadamente difícil encontrar un taxi libre el día del fin del mundo.

