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Amor y Lectura

Es el binomio casi perfecto, pero…..confundir a Verdi y Tele Cinco por lo de «Aida»

Acabaré vendiendo mis libros para comprarte ortopedia de entretenimiento

Es cierto, miras en Google y aparece antes la Aida de Tele 5 que la Aida de Verdi. Esa es una de las cosas, entre otras muchas, por las que creo que se avecina el fin del mundo. Me gusta pasar las horas con Jennifer, aunque yo prefiero llamarla Jimena. Es un potro desbocado en la cama, una auténtica mujer de la periferia, nada de simulación o recato. ¡Todo a carne viva! Se muestra tan vital y desinhibida que se me pasa la sesión mirándola, esperando, que de un momento a otro, se transforme en un súcubo. Yo no creo en cosas de esas, pero….Me encanta pasar horas y horas en esta buhardilla deforme y deshabitada. La tenemos destinada para cuando nos quiere visitar alguien del ala pobre de la familia: sillas incómodas, perfume a humedad rancia y la nevera más vacía que mis promesas de amor. Lee el resto de esta entrada

EL EXHIBICIONISTA DEL ASCENSOR

PREGUNTA EN EL ASCENSOR (VIII):

Perversión consistente en el impulso de mostrar las intimidades

Aquel ascensor se había convertido en un bazar de sorpresas. No parecía casi Navidad o….tal vez sí. Justo a mi lado una muchacha de servicio vestida tal cual, que me confesó, soñaba ser libre, enterrar sus horas cíclicas y desvirtuadas de felicidad. Su uniforme era cómodo y limpio pero no guardaba la etiqueta que exigía aquel ascensor. Pero como no se atrevía a tomar decisiones directas se las ingenió para subir junto a mí, perfectamente arreglado, para que el portero transmitiera su soberbia de forma inmediata a su señora y la despidiera por terrorista doméstica. Pasé un buen rato en el ascensor. Me gustan las reminiscencias barrocas. Muy bonito. Subió luego una gitana recia y digna que sin mirarme raptó mi mano para profetizarme, mediante su  lectura, a qué piso me encaminaba. No acertó pero me encantó su autoestima. Casi nunca aciertan o….si. Los pronósticos cabalísticos los guardamos como oro en paño y le echamos la llave. Damos pistas pero no soltamos prenda. Y para finalizar mis subidas y bajadas me encontré con un exhibicionista. Me habían hablado de ellos, pero nunca habia tenido una experiencia en directo. Muy fuerte. Era un tipo alto y delgado con maneras amables y un sombrero vintage que decidió no quitarse en ningún momento durante su actuación. Llevaba una gabardina color caqui desteñido y, en el preciso momento en que el ascensor reemprendía sus labores, se acercó a mí y me enseñó sin preámbulos todo cuanto escondía. Se abrió generoso el ala izquierda de su gabardina de donde colgaba generosa una fotografía de una bella mujer vestida para misa de una. Sin medrar en sus ansias se abrió ahora el ala derecha de la gabardina para mostrar la foto de otra bella mujer con un estilo más rompedor. Con la cabeza y la mirada me obligaba a decantarme por una u otra. Nunca he vivido mayor compromiso. Afortunadamente entró otro degustador del ascensor a quien sometió de inmediato el exhibicionista con el mismo propósito. El nuevo viajador tenía más mundo que yo. Le dio un par de palmadas y sentenció: » querido amigo, su mujer es su vida, pero qué es su vida sino vanidad. Su amor es para siempre, pero cuidado, las mujeres son territorialistas, le abandonará en la primera ocasión» Salió y se perdió en el largo y profundo rellano. El exhibicionista me preguntó si había entendido todo o al menos algo y yo le manifesté con la mano que así, así, mientras me precipitaba sin destino fuera del ascensor. Bastante tengo yo con mis propias decisiones.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA                                                                                   (Fotografía de Tuchy Regueras)

        Aclaración a los lectores. Esta es la fotografía que colgaba

                                                                                     del  ala derecha, pero con mejor aspecto)

HUERTOS URBANOS LITERARIOS

PREGUNTA EN EL ASCENSOR (VI):

SIEMBRA LIBROS PARA RECOGER LECTURAS

La Asociación de Lectores Beatos tiene previsto canonizar como santo literario del año a Anselmo el ascensorista. Todo empezó un día en que un despistado ejecutivo agresivo, usuario accidental del ascensor del edificio empresarial «MuchapastayCía», olvidó una maceta en el elevador. Nunca pasó a recogerla y Anselmo la guardó como si se tratara de su amigo invisible. Su infancia fue hiriente, dura y llena de ausencias emocionales positivas. Los reyes magos de la mente nunca le regalaron un amigo invisible. Así que Anselmo hizo de la maceta un hermano. Le contaba sus aventuras con los libros, su opinión sobre sus personajes y las ganas que tenía de cambiarlo todo a su alrededor. Un ascensorista también sueña con revolucionar el mundo. Un día, me acuerdo perfectamente, subíamos solos en el ascensor cuando me dijo que se le había ocurrido una brillante idea. Me relató que habia ocupado un sector lleno de luz artificial en el tercer parking subterráneo del edificio multinacional. Decidió poner en marcha su revolución creando una biblioteca furtiva, un huerto urbano literario. Anselmo prestó un día uno de sus libros a su amigo maceta, lo enterró un poco para que lo pudiera leer bien y se percató de que el libro empezó a germinar otras ramas de donde nacían libros y más libros. Entonces pensó en ofrecerles una casa cuna bibliotecaria para que los usuarios lectores del ascensor los adoptaran y se los fueran llevando a sus casas para darles el calor y el mimo que precisa un libro. Ahora su espacio de huerto literario del tercer subterráneo está lleno de vida y esperanzas. La vida real empieza en las catacumbas. Un compañero ascensorista más osado que mi amigo Anselmo ha ocupado otra estancia en una planta más honda, cerca de los infiernos del analfabetismo cultural, para  sembrar poetas. Mira que si la revolución auténtica, la de verdad, empieza por ir sembrando en cualquier rincón cercano tan solo cosas bellas que nos ayuden a transformarnos.

Fotos libro 001                           (Fotografía de Tuchy Regueras)

CORRALA CÉNTRICA IDEAL PARA INTELECTUALES

PREGUNTA EN EL ASCENSOR (V)

Se alquilan habitaciones en corrala con mucho futuro urbanístico

Pocas cosas encuentro más tristes que contemplar a intelectuales y pseudo intelectuales mendigando atención por su talento socialmente desdibujado. En cuanto la ví presentí que me daría problemas. Tenía todo el aspecto de fracasada vital y fracasada artística, agarrada del brazo de un sicario juntaletras que no dejaba de mirar a cuantas huerfanitas de amor platónico-literario pasaban por su lado. Le quedarían cinco años más como depredador poético, justo el tiempo preciso para que se corriera la voz de que sus versos escritos no servían ni para envolver un bocadillo de media mañana y, sus maneras de amante voraz, recibieran la extremaunción. Se dieron un beso sin identidad y sin intensidad, lejos de la vehemencia que se les supone a los artistas malditos que desprecian a los cobayas del sueldo fijo. Ella vino arrastrándose hasta mi lado y apoyó, toda casual, su cabeza contra la puerta del ascensor. Seguro que se estaba inspirando y de un momento a otro explotaría de creatividad ante mis ojos atónitos. He visto parir un niño, he presenciado cómo se planta un árbol y he sido testigo de cómo una patrulla de seguratas de quinta división detenían a una anciana por asestar un tremendo golpe a una adolescente díscola con su dentadura postiza. El golpe se lo propinó en un mal sitio. Bajó el ascensor y ella abrió la puerta y entró la primera, bueno, normal, no nos habíamos saludado y eso no fomenta la cortesía. Se fijó que llevaba en mis manos un libro. Miró con desprecio el nombre del autor y luego hizo lo mismo conmigo. Le pregunté para iniciar una amena conversación: ¿A qué piso va usted? Y me contestó malhumorada: «Yo soy escritora, pero de las de verdad y ese libro es pura basura comercial» ¿Entonces, mejor no lo leo, verdad?-contesté. Los primeros golpes los pude sortear con fortuna, pero tuve que pulsar el botón de alarma para intentar socorrerme cuando ganó en pericia y contundencia. Parece ser y, no digo que no tuviera razón, habían dos erratas en el libro y un par de faltas de ortografía. Y creo entender que el autor divagaba mucho sin concretar ni alentar frases salvadoras para el lector. Luego, en la cafetería de la comisaria, me explicó que vivía en una corrala intelectual, desterrada de los grandes editores. Me aseguró que todos sus compañeros de corrala eran genios incomprendidos, todos sabían leer y escribir. Alguno de ellos, incluso, tenía una letra preciosa. Es una corrala modesta pero muy limpia a dos pasos del metro y el promotor de la misma les aseguró que era una ganga inmobiliaria con mucho futuro. No tiene suerte, sus temáticas, ahora, no están de moda y, claro, ella se ha acostado ya con todos los que tenía que acostarse en el universo de la promoción, pero ha elegido mal y los años pasan y su obra cada vez interesa menos. No la denuncié, nos hicimos amigos, y le acabé pagando un café calentito.

ASCENSOR (3)                                        (Fotografía de Tuchy Regueras)

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