Archivo de la categoría: Textos Propios

CORRALA CÉNTRICA IDEAL PARA INTELECTUALES

PREGUNTA EN EL ASCENSOR (V)

Se alquilan habitaciones en corrala con mucho futuro urbanístico

Pocas cosas encuentro más tristes que contemplar a intelectuales y pseudo intelectuales mendigando atención por su talento socialmente desdibujado. En cuanto la ví presentí que me daría problemas. Tenía todo el aspecto de fracasada vital y fracasada artística, agarrada del brazo de un sicario juntaletras que no dejaba de mirar a cuantas huerfanitas de amor platónico-literario pasaban por su lado. Le quedarían cinco años más como depredador poético, justo el tiempo preciso para que se corriera la voz de que sus versos escritos no servían ni para envolver un bocadillo de media mañana y, sus maneras de amante voraz, recibieran la extremaunción. Se dieron un beso sin identidad y sin intensidad, lejos de la vehemencia que se les supone a los artistas malditos que desprecian a los cobayas del sueldo fijo. Ella vino arrastrándose hasta mi lado y apoyó, toda casual, su cabeza contra la puerta del ascensor. Seguro que se estaba inspirando y de un momento a otro explotaría de creatividad ante mis ojos atónitos. He visto parir un niño, he presenciado cómo se planta un árbol y he sido testigo de cómo una patrulla de seguratas de quinta división detenían a una anciana por asestar un tremendo golpe a una adolescente díscola con su dentadura postiza. El golpe se lo propinó en un mal sitio. Bajó el ascensor y ella abrió la puerta y entró la primera, bueno, normal, no nos habíamos saludado y eso no fomenta la cortesía. Se fijó que llevaba en mis manos un libro. Miró con desprecio el nombre del autor y luego hizo lo mismo conmigo. Le pregunté para iniciar una amena conversación: ¿A qué piso va usted? Y me contestó malhumorada: «Yo soy escritora, pero de las de verdad y ese libro es pura basura comercial» ¿Entonces, mejor no lo leo, verdad?-contesté. Los primeros golpes los pude sortear con fortuna, pero tuve que pulsar el botón de alarma para intentar socorrerme cuando ganó en pericia y contundencia. Parece ser y, no digo que no tuviera razón, habían dos erratas en el libro y un par de faltas de ortografía. Y creo entender que el autor divagaba mucho sin concretar ni alentar frases salvadoras para el lector. Luego, en la cafetería de la comisaria, me explicó que vivía en una corrala intelectual, desterrada de los grandes editores. Me aseguró que todos sus compañeros de corrala eran genios incomprendidos, todos sabían leer y escribir. Alguno de ellos, incluso, tenía una letra preciosa. Es una corrala modesta pero muy limpia a dos pasos del metro y el promotor de la misma les aseguró que era una ganga inmobiliaria con mucho futuro. No tiene suerte, sus temáticas, ahora, no están de moda y, claro, ella se ha acostado ya con todos los que tenía que acostarse en el universo de la promoción, pero ha elegido mal y los años pasan y su obra cada vez interesa menos. No la denuncié, nos hicimos amigos, y le acabé pagando un café calentito.

ASCENSOR (3)                                        (Fotografía de Tuchy Regueras)

EL MIEDO DEL ASCENSOR

PREGUNTA EN EL ASCENSOR (IV)

El ascensor necesitaba un confesor, un psiquiatra o un exhorcista, pero rápido, porque sufre vértigo vital.

Escuché un siseo y sujeté las puertas del ascensor. A trompicones se metió en la cabina una señora armada con un carrito de niño que me empujó y aprisionó contra uno de los ángulos del elevador. La señora se echó mano al refajo, me temí lo peor, pero solo sacó un biberón cargado. Yo creí que iba a atracarme sin compasión pero me equivoqué, solo quería alimentar al bebé que no dejaba de berrear. Le coloqué al nene unos auriculares con música clásica pero no sirvió de nada. Añadí a su biberón una pizca de chocolate en polvo que siempre llevo para urgencias de auto-ansiedad, pero tampoco resultó efectivo el invento. El muchachete, futuro parado, no cesaba de llorar y amargarme mí viaje al ático. Tal vez estaba secuestrado y quería llamar mi atención, posiblemente, era un niño extranjero que no conocía nuestra tradición de mantener silencio cuando se sube en un ascensor con personas desconocidas. Solo hay que hablar del tiempo.

La señora se dispuso a cambiarlo de pañales. El ascensor subía lentamente a través de las plantas, muy lentamente, bien podría decirse que a cámara lenta, regodeándose en su destino final. Me alarmé de su letanía de ascenso y temí que no solo sería testigo del cambio de la vestimenta del llorón endemoniado sino que debería colaborar en el proceso de su tuneado higiénico. La señora, sin apenas mirarme, me aclaró que el ascensor tenía miedo de subir tan alto porque sufre vértigo vital y teme que en una de estas los ángeles mecánicos que habitan el ático le desenchufen de la vida. Por eso tarda tanto en su recorrido, porque no quiere dejar su vida de transeunte mecánico y englosar la chatarra de su eternidad.

ASCENSOR (1)                                                                       (Fotografía de Tuchy Regueras)

PREGUNTA EN EL ASCENSOR (III):

LE MATÓ CON UNA TARJETA DE CRÉDITO

Sufrió un brote de inconformismo ó una aparición feminista

Me gustan los ascensores que viven en edificios con mucha clientela intensa. El otro día acudí a una cita con un viejo amigo, letrado jubilado y gran jugador de ajedrez. Debo señalar que tiene muy alto el colesterol, si bien todo parece indicar que no hay relación científica entre una cosa y la otra, pero me gusta informar. Hablo de un edificio carismático, lleno de departamentos con mucha historia y garitos casuales donde se resuelven los casos policiacos más mediáticos de la actualidad, como por ejemplo, el de la Tarjeta de Crédito. Llegué media hora antes a nuestra cita para así tener tiempo de acomodarme en el fondo del ascensor para subir y bajar sin parar mientras los viajeros entraban y salían. Pasé muy buen rato en semejante festín de miradas cómplices, palabras en clave y conversaciones inacabadas. En una de las cargas del ascensor apareció el abogado que llevaba el asunto de la Tarjeta de Crédito y, mirándonos friamente a todos nos dijo: «Sí, la mujer usó como arma letal una tarjeta de crédito para acabar con la vida de su marido». Todo el personal del ascensor quedó estupefacto. Muchos habían aventurado que un sicario, algún tarado por la genética macroeconómica, habia perpetrado el crimen, pero ahora todo estaba claro.

Parece ser que la señora, sumisa radical y ferviente creyente del dios «marido» llevaba soportando de por vida sus zarandeos éticos y humillaciones físicas, pero sufrió un brote de inconformismo ó una aparición feminista y, harta ya de la violencia de su esposo (cretino voraz y redomado anti diluviano) decidió darle muerte a base de despilfarrar todos sus fondos con su tarjeta de crédito. Cuando llegó el Samur a su entidad bancaria de urgencias solo pudieron describir su fallecimiento.

PREGUNTA EN EL ASCENSOR (II):

SE NECESITA PRÍNCIPE AZUL POR HORAS

Asociación Cultural de Damas ofrece trabajo por horas a Príncipe Azul

Abstenerse advenedizos y Agencias de Contactos

Los viajes en ascensor son cada día más largos. Su automatismo ha convertido cada planta en un verdadero apeadero, si bien ello tiene la ventaja de mantener conversaciones más intensas y, desde luego, escuchar comentarios e historias más sugerentes. Por ejemplo, una señora de mediana edad, bella, aparentemente dispuesta y muy resuelta le preguntó a una amiga que llevaba consigo: ¿Has contratado ya algún príncipe por horas?. La amiga asintió ruborizada. A partir de ese momento sus cuchicheos reclamaron la atención de todos los pasajeros del ascensor.

Se conoce que ambas damas pertenecen a una Asociación Cultural de mujeres aburridas de los malabarismos cotidianos. Dicha Asociación se ha especializado en la contratación de príncipes de compañía para los más diversos talleres de entretenimiento. Igual te recogen a los niños del colegio que te ponen un par de lavadoras o…por un suplemento de nada te desentaponan las cañerías más íntimas de la casa con mucho esmero y pedigrí. Este servicio glamoroso y de alto copete está haciendo furor en las urbanizaciones de lujo, zonas residenciales  por excelencia y nuevas ricas accidentales.

Claro, antes las niñas soñaban con un príncipe azul que les despertara a la vida y les protegiera de los ogros domésticos, pero en la actualidad sueñan más con médicos y arquitectos. Además, pocos acaban reinando, aunque sea en su geografía íntima. Tan solo les queda  algo de imagen y… la vida está para pocos cuentos. Así que nada, se visten de faena (leotardos, faldilla, capa y sombrerito cursi con pluma) y a servir a plebeyas desatadas por el lujo de poder contratar a horas a un príncipe azul y luego contarlo excitadas a sus amigas.

Autora: Tuchy Regueras

Autora: Tuchy Regueras

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