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CONCIERTO DE PIANO Y VIOLÍN EN TORRELODONES

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Café Vista Alegre

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Fue en el Café Vista Alegre, en la esquina de Belascoín y San Lázaro, frente al malecón de L’abana. Un restaurante con tres entradas. Iban los ricos a comer y los trovadores a tocar, a veces hasta que el sol se alzaba. Allí oí por primera vez a la voz de oro del danzón, Barbarito Diez, cantando esas ”Lágrimas negras” con que nos torturas con tu desentono y desafinación. —me dijo Laíto León, intentando callarme.

No bailo muy bien. Siento el tumbao del son y remeneo aceptablemente el esqueleto con un guaguancó; mas cuando canto: todos huyen despavoridos, amigos y desconocidos. Tengo un potente fuelle por diafragma pero mis tonos y afinaciones escapan de la perfección… muy lejos.

¿En qué año habrá sido eso? —Mi madre intentó involucrarme en la historia de su tio abuelo, sentado al sol en el patio, mientras ella y yo…

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Suavecito, María Antonieta!

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Como cantante María Antonieta Pons no se ganaría ni pa’l chiclet pero a la hora de menear la cintura, era una estrella. Eso es sabor criollo y un cuerpo sano, logrado sin gimnasio ni carreritas matinales: bailando rumba.

México y su cine la hicieron famosa en los años cuarenta. Cine de rumberas, llaman algunos de manera despectiva a un grupo de peliculas de la época.

No es Bergman, Fellini, Kurosawa ni Antonioni pero llena el hueco que dejaron estos señores. Bailar como María Antonieta Pons es un ejercicio que divierte el alma y fortalece hasta músculos desconocidos en algunas latitudes.

Bendita sea esa cubana que, cómo Dámaso Pérez Prado, Acerina y otros, tanto tiene que agradecerle al México que los acogió.

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Músicos cubanos VI

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Cuando en la paz de las funerarias de Santiago de Cuba imperaban los gritos de «¡qué no se lo lleven por parte de las viudas afligidas, a Rósula Colombat, mi vecina, no le quedaba otro remedio que ir a tomar café con leche y comerse un pan con algo, colándose en los velorios de los desconocidos.

No iba sola. Un grupo de jóvenes la acompañaba, todos tan hambrientos como ella. Entre ellos Ñico Saquito, que, además de la comida gratis, no se perdía anécdota ni chiste. El evento social y alimenticio era colofón para narrar historias picantes y reír con disimulo. Con el tiempo y su guitarra Ñico las convirtió en guarachas.

Años después, cuando Saquito era ya popular, se «ajuntó» con una hembra bella pero mandona. María Cristina quería gobernar al gran guarachero. Un día el hombre fue por cigarros. «Espérame que vuelvo» y se…

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