LAVARSE LAS MANOS
Desde que Pilatos se lavara las manos para no implicarse, ingenuo, en la política de su entorno, este hecho ha significado muchas cosas y todavía hoy sigue ahí señalando a unos y a otros. El lavado o no de manos puede significar esconderse de nuestras responsabilidades, señalar falta de higiene o tener hábitos aprendidos, sin olvidar a las personas narcisistas que se refriegan sin descanso como si padecieran achaques compulsivos cuando la verdad es que solo quieren pasar tiempo delante del espejo. Y, desde luego, no puedo olvidar al camarero de mi cafetería favorita. Coincido con él muchas veces en los baños y nunca le he visto lavarse sus cochinas manos. No le llamo la atención, es un auténtico armario, pero no suelo dejarle propina.
¿ES LÍCITO EL USO DE MASCOTAS EN LENCERÍA?
En una sociedad de elevada moral y firmes códigos de conducta resultaría simplista entrometernos en la moda de la lencería, pero hemos domesticado tanto las prioridades que cualquier asomo transgresor puede producirnos un colapso vivencial. De hecho una asociación defensora de los animales ha reclamado mayor respeto por este felino de andar por casa dado que la utilización indebida de su imagen en la ropa de fiesta íntima está sepultando su esencia asilvestrada y no tienen defensa ante los ciclos hirientes de la moda.
PUERTA GLOBAL
Así me gustan las puertas: abiertas, flexibles y libres. No me gustan las puertas que cierran diálogos, entendimientos y el tesoro de la sensibilidad. Algunas puertas han nacido para encerrarnos, pero depende de nosotros encontrar las adecuadas para abrirlas y seguir nuestro camino vital. Aunque no sepamos bien o nada a ciencia cierta de quiénes somos, dónde vamos o a que tribu pertenecemos, todos tenemos un camino y nuestra obligación es descubrirlo y hacerlo nuestro.

LIMOSNERO POÉTICO
Nada como acudir a nuestro limosnero de confianza. Echar unas monedas a un limosnero desconocido no nos aporta el mismo bienestar, la misma paz, somos seres más tradicionales y racistas de lo que pensamos. Pasa lo mismo con los «pobres de pedir» de nuestro entorno. Casi siempre se lleva la calderilla el de siempre. Tengo uno en una esquina que me bendice cada vez que colaboro en su economía. Nos llevamos bien aunque no nos tengamos demasiada confianza de trato. Este limosnero tiene su aquel y su porqué, pero eso es ya otra historia.